CANTO CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

El entrañable José Seves me ha pedido hacer un recuerdo de un recital en homenaje a Neruda, asesinado el 23 de septiembre de 1973. El recital se realizó el jueves 26 de ese mismo mes a las 15 horas. El toque de queda era tres horas más tarde. Fue el último acto del Departamento de Extensión de la Universidad Técnica del Estado sede Valdivia, en democracia, realizado por dos integrantes de la ya mítica Peña de la UTE y dos del Grupo de Teatro de la sede. En lo personal, el primero de una serie de recitales del poeta realizados en los años siguientes, junto a queridos amigos que siguieron cantando.

Escribo estos recuerdos en Valdivia, la lluviosa noche del once de septiembre del año 2016. Trato de iluminar ese momento de hace 43 años. Sólo logro entrever una penumbra. El sol que entra por las altas ventanas de la casona de Yungay 800 tiene una extraña pesadez. Habíamos habilitado esa sala para el teatro de la UTE, derribando una pared para unir lo que debieron ser originalmente dos amplios dormitorios y construido un pequeño graderío. Apenas enterados de la muerte de Neruda, decidimos hacer un recital en su memoria. Elegimos un repertorio y ensayamos los días previos, pero no recuerdo esos ensayos. Ahora tan solo escucho nuestras voces, intentando ser instrumento de las palabras del poeta. Están Máximo Cabezas, Carlos Muñoz y el flaco Beluzán   —aunque después me han dicho que no era él; es tan misteriosa la memoria. El público, un puñado de personas,  se siente emocionado y tenso. Así también estamos nosotros. Veo algunos muchachos del grupo de teatro. Lili Villanueva, Tatiana Agüero, un par de hombres con casaca e inconfundible corte de pelo ¿Cuáles fueron los poemas, cuáles las canciones? Un jirón del picaflor de siete luces flota en el aliento denso de la tristeza: “Se lo comió un gato infernal, pero su muerte fue legal”; leve el aire suspira abatido sobre la rústica tarima; el poeta lo levanta con su voz: “Aire, una cosa te pido, no te vendas”; y, en un alto rincón sombrío, vibra la indignada voz del vate: “Generales traidores, mirad mi casa muerta… venid a ver la sangre por las calles”. Es demasiada la pena. Pero el canto… el canto siguió, porque el canto jamás morirá y parafraseando la canción digo: “Cuantas veces a tantos nos mataron y seguimos cantando”.

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