Algunas reflexiones sobre Educación y Arte

 El texto siguiente fue escrito para ser parte de un trabajo de un grupo de profesores y talleristas que participan en el Programa Acciona del Consejo Regional de la Cultura y las Artes Región de Los Lagos. Mi intención era reescribirlo en un formato propio de una publicación, ya que el texto está pensado para exponerlo ante un grupo bien determinado de personas, pero me di cuenta que mientras hiciese aquello iban a nacer pajaritos nuevos, como se decía antaño, y por lo tanto, decidí publicarlo sin más.

 

Estimados colegas; doblemente colegas, puesto que me considero tanto un profesor como un artista y mis primeros grados universitarios fueron justamente estos: bachiller en arte con mención teatro y profesor de educación general básica. No me imagino otro motivo que éste, para que el Consejo Regional de la Cultura y Las Artes Región de Los Lagos me haya pedido que me dirija a ustedes en un asunto terriblemente complejo y, sí, digo bien, espinudo: Educación y arte.

Abusando de la confianza de quienes me han dado esta tribuna, me voy a permitir dividir esta hora en dos secciones. La primera será mía (el burro adelante, decían en mi casa) y la segunda de ustedes, porque creo firmemente que quien mejor puede opinar acerca del tema que nos convoca, son ustedes, talleristas y profesores, los que día a día trabajan con jóvenes, los que día a día se ven enfrentados a esta titánica tarea.

Pero, permítanme desmigar algunos conceptos generales acerca de esta relación que se da en un contexto determinado; muy determinado: el Chile de 2013. Esta sociedad pan-neo-capitalista, en cuya esencia se ha confundido un medio, el dinero, con un fin: la vida. Quiero decir con esto que los esfuerzos de toda la sociedad y de una gran mayoría de los elementos que la componen, esto es, familias y personas (si aún podemos hablar de personas) dirigen toda su atención al dinero: Los decidores, en lenguaje de Lyotard, porque es el medio y fin de sus decisiones; y los “otros”, nosotros, que debemos conocer, acceder al conocimiento “para pagar la deuda perpetua de cada uno de nosotros respecto del lazo social”. Lyotard nuevamente. Y si hablamos de pagar, hablamos también de dinero. Sí, unos usan el dinero para decidir y los otros, nosotros, sólo para consumir.

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No hay tiempo ni es pertinente ocupar este espacio para hablar de esta sociedad repito pan-neo-capitalista. Pan-consumista. Pan-óptica ¿Han notado la cantidad de cámaras que siguen nuestros movimientos por la ciudad, por los malls, por las tiendas, por las oficinas? Es el gran pan-óptico de Foucault que, en medio de la cárcel despliega su ojo infalible en 360°. Una anécdota, perdónenme. Hace unos días vi en un diario electrónico el caso de la rubia de la molotov. Seguramente ustedes también lo vieron: un encapuchado lanza una molotov a un grupo de fuerzas de choque de carabineros; huye y varias centenas de metros más allá, se transforma en una delicada muchacha rubia, interpósito striptease. Se celebra la capacidad de detectar a la… cómo le digo, la violentista, preferirán algunos; la indignada, otros; la rubia, los de más allá… en fin, a esta persona, que fue luego detenida. Quedé aterrorizado, no por la muchachita y su ingenuidad, que algunos llamarán terrorismo, vandalismo y no sé cuántos ismos más, quedé aterrorizado digo por esa cámara que la siguió por cuadras, por ese ojo de gran hermano que todo lo ve y todo lo controla. Orwell está aquí, queridos amigos.

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Este es el mundo en que nos ha tocado vivir. Este es el incomprensible mundo en el que, como siempre, desde que el hombre es hombre, debemos vivir. Este mundo inaprehensible. Uso esta palabra tan cara a Albert Camus

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para mostrar esta imagen de desconcierto, de falta de certezas en el que se desarrolla nuestra existencia humana. Sólo los tontos o los inmorales tienen certezas, aunque parezca tonto decir esta paradoja. A lo mejor es así: hay gente que puede comprender el mundo y explicarlo todo. Está bien, será. Pero yo no me considero entre ellos. Y creo que ningún científico y ningún artista, los que según mi punto de vista son los llamados a tocar lo misterioso y guiarnos al misterio e invitarnos a la imposible tarea de desentrañar el mundo, tiene certezas.

La curiosidad está en los genes de la evolución. Y la alta curiosidad humana, aquella propia de lo que llamamos espíritu, tiene dos herramientas: la razón y la intuición. La primera, utilizada en una dominante, aunque no exclusiva forma, por la ciencia; porque también la ciencia tiene componentes de la más pura intuición. La segunda, eso que llamamos intuición, emocionada intuición, es propia de nuestro trabajo, del trabajo artístico, que también tiene, al igual que la ciencia, pero diríamos con un polo distinto, elementos razonables. Y a veces, muchos. Pienso en el arte conceptual, por ejemplo. Pienso en Las Meninas,  para que no se crea que esto es algo propio de nuestra época.

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Pienso en el Clave bien temperado, que escuché mientras escribía estas notas. Pero, lo que está esencialmente en el arte es esa irracionalidad creativa que solemos nombrar belleza. O, para no confundir con ciertas concepciones de belleza, que la hacen sinónimo de “bonito” (el arte es bello, no bonito, decía mi querido hermano el poeta Jorge Torres), hablemos mejor de objetos estéticos.

Estos objetos estéticos, las llamadas obras de arte, tienen una serie de cualidades que, comentadores más agudos que quién les habla, describirán y enunciarán. A mí me interesa, dado el objeto de esta reflexión llamar vuestra atención hacia dos cualidades del arte: la una, de la que pudimos entrever un adelanto un poco más atrás en mi perorata, se refiere a la capacidad del arte como fuente de conocimiento del mundo o de una parte, mayor o menor de él.

Su capacidad para aprehender el mundo ¿recuerdan?

La segunda, derivada de la primera, pero quizás más importante que esa cualidad básica, consiste en que nos da la posibilidad de cuestionar ese mundo. Apelarlo, llamarlo por su nombre e insultarlo. Garabatearlo  a versos, a pinceladas, a sonidos, a golpes de cincel, a cuentos, a danzas, a recuerdos…

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Hace unos 2.300 años un hombre preclaro escribió el primer texto sistemático que nos ha llegado más o menos completo sobre estética. Algunos dirán que Platón, en los diálogos socráticos de Fedro e Ión, examina la naturaleza de lo bello y de la relación del artista con el público y los dioses. Está bien, lo concedo, pero hablé de texto sistemático, de aproximación mereológica a  —la mereología es la disciplina que estudia la relación de las partes entre sí y de estas con el todo—  al objeto, y esto está por primera vez en La Poética de Aristóteles.

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Allí el sabio establece de una vez y para siempre que su objeto estético, esto es la tragedia griega, tiene como objetivos entretener y educar. Por supuesto que esta afirmación ha tenido detractores. Se la ha atacado por todos los flancos, pero, esencialmente, me parece perfectamente actual.

Debo, antes de seguir, definir lo que para mí significa entretener. Y soy en esto muy básico, quizás excesivamente etimológico. Como cuando pregunto a mis alumnos de pedagogía ¿qué es enseñar? Igual con entretener. Tener entre. El arte nos debe tener entre para educarnos. Si no, a otra cosa. Y también parece paradójico que para que el arte nos eduque debemos ser primero educados en el arte. Así es y esa es vuestra misión. Misión que tiene que ver con calidad de vida. Acaso no es penoso que un altísimo porcentaje de nuestra población no haya jamás escuchado el clave bien temperado, no haya jamás entrado en la deslumbradora penumbra de un museo. No haya visto jamás una obra de teatro clásica. No tenga idea acerca de la existencia del Canto General. O se ría ante un “mamarracho” de Picasso ¡Qué triste pasar por la vida como un infrahumano! No haber nunca escuchado con emoción la Novena o el Emperador de Beethoven ¿Podemos como maestros y como artistas dejar esos productos para los ricos, para los abro comillas, “cultos”? ¿Por qué no vamos a intentar al menos que aquellos jóvenes a los que tenemos acceso, con los cuales tenemos la posibilidad de comunicarnos, se eduquen en el arte? ¿Por qué dejar que nuestros niños y jóvenes sean conducidos como rebaño, pastoreados por los perros de la televisión? El plan es perfecto: levántate, trabaja, llega a tu casa,  mira tele hasta que te rinda el sueño, porque mañana debes levantarte, trabajar, llegar a tu casa, mirar tele hasta que te rinda el sueño, porque…

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Y se van los días de la vida. Queridos colegas ¿Es eso vida? ¿Se ha conjugado la conjura del universo para que en este pedrusco azul en medio del vacío infinito del espacio haya seres que puedan pensarse a sí mismos, crear, creer, y una gran parte de estos seres pierda miserablemente la vida atrapados por el poder y sus, valga más que nunca la redundancia, poderosos instrumentos?

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Pues, opongamos nuestras humildes pero profundamente humanas herramientas. Nuestras inmortales herramientas. Tenemos poesía, tenemos danza, tenemos música, tenemos artes visuales, tenemos teatro, tenemos instalaciones y perfórmances, tenemos el arte maravilloso de nuestra cultura histórica. Tenemos Violeta y Víctor y Margot y tantos otros más o menos conocidos, pero apasionados por su tarea de creativo rescate y vivificación.

Decía hace apenas un rato que el arte produce conocimiento sobre las cosas,  ya sea reflejándolas para nuestra comprensión, aprehendiéndolas, o, y/o debería decir, iluminando esos oscuros lugares del exterior e interior del Hombre. Con este simple ejemplo comprenderán ustedes a qué me refiero: Edipo rey. La profunda intuición del mito  —arte religioso, no  me cabe ninguna duda—  expuesta luego por Sófocles en ese maravilloso objeto estético clásico, la tragedia de Edipo rey, ilumina esa honda zona de nuestro inconsciente, que recién 25 siglos más tarde fue explicada por un sabio, que, de paso, erigió uno de los pilares fundamentales de la cultura contemporánea.Resultado de imagen para edipo rey

Postulo que esta iluminación produce cambios profundos en la percepción del mundo y en el proceso mismo de percibir y hasta en sus órganos de percepción. Hablo de terminales nerviosos, sinapsis y neuronas. Y tengo apoyos importantes para esta afirmación.

Me voy a permitir una digresión. El año pasado Explora – Conicyt celebró el año de la neurociencia. Ya había escrito un par de textos dramáticos para la difusión de la ciencia  —uno dedicado a Charles Darwin y otro a Marie Curie—  y por razones para mí del todo incomprensibles, me embarqué en la escritura de El cerebro de Hamlet, sin tener la más mínima idea acerca de aquello llamado “neurociencia”.

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No les digo los libros que leí y los conceptos que tuve que internalizar o siquiera intuir. Entre estos me vi obligado a profundizar en el tan manido concepto de “autopoiesis”, neologismo creado por Francisco Varela y Humberto Maturana.

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La poiesis es creación, es un hacer. (De esta misma raíz  viene también la poesía: la creación por antonomasia. Hablamos de la poesía de un arte, aunque este arte no se exprese necesariamente en versos. Decimos de una coreografía que es poética; de una prosa que es poética; de un paisaje pintado que es poético. De un film que es poético).

Volviendo a la autopoiesis, habrán deducido, aquellos que no hayan leído De máquinas y seres vivos o El árbol del conocimiento, los principales textos en que Maturana y Varela exponen su idea de la autopoiesis, que esta no es otra cosa que el crearse a sí mismos.

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Efectivamente, los autores proponen que nos creamos a nosotros mismos en contacto con el ambiente y fundamentalmente lenguajeando con los otros. Esto es coordinando coordinaciones conductuales consensuales, dice Maturana.  No hay tiempo para desarrollar ni explicar aquí esta idea. Los interesados en profundizar en el concepto pueden leer cualquiera de los libros citados. Aconsejo El árbol del conocimiento, porque el previo De máquinas y seres vivos puede resultar un tanto árido y hermético. Y un libro relativamente nuevo, del 2011: Amor y juego, Fundamentos Olvidados de lo Humano.

Quiero poner tan solo un ejemplo de los presentados en El árbol del conocimiento. Hay testimonios registrados de niños o niñas “lobo”.

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Así se les llama. Niños que por alguna razón no crecieron abrigados por la sociedad humana. Lograron sobrevivir en una selva, pero no pudieron y no podrán llegar nunca a ser plenamente humanos. Pasada una etapa, si no aprendemos a sonreír, jamás podremos sonreír. Es un ejemplo grosero, ya lo sé, pero necesito comunicarles esta idea base, aunque sea groseramente.

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El punto es que nos auto creamos, realizamos nuestra autopoiesis en contacto con los estímulos que recibimos del medio, siendo los otros el meollo de la realidad, del entorno. Estoy seguro que muchos de ustedes están buscando ejemplos en su experiencia. Y como, maravillosamente, nos gusta disentir, más de alguno de ustedes, ya habrá encontrado alguien en cuya vida la premisa no se cumple. El ejemplo más a la mano: nuestros dos premios Nobel. Aquí interviene el genio, lo excepcional, lo cuasi milagroso. El “ver lo que otros no ven”. El encontrar una mirada única para el mismo fenómeno.

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Por eso he puesto la crucifixión de Dalí. Hay muchas crucifixiones miradas desde abajo desde el suelo. Él mira con la mirada de Dios Padre. Nada menos. Y es maravilloso el reino de la excepción, de la indeterminación. Permite creer en la libertad y en que los altos valores de la cultura pueden ser alcanzados por cualquiera que sea tocado en un momento especial por una situación de deslumbrante epifanía.

Pero el producto general de la alta cultura es un hombre o una mujer más plenos, mejor, más capaz de vivir su vida. Sólo para vivir hemos vivido, parafraseo al poeta. Confieso que he vivido, fue el testamento de Neruda. La otra cara de la medalla es el deprivado: aquel que sólo es capaz de enhebrar unos comentarios troglodíticos acerca de un equipo de fútbol (Nota al pie: con todo respeto por el fútbol, que más allá de los cuestionamientos que se le puedan hacer y con toda razón, es probablemente el juego colectivo más apasionante creado por el hombre, en su vertiente de homo ludens). Enhebrar  opiniones de cavernícola, digo; o, de aquella cuya mayor preocupación son las tribulaciones de las prostitutas de la llamada farándula televisiva (Nueva nota al pie: con todo respeto por las prostitutas honestas)

¿Han notado la presencia en la cultura pop de los zombis y sus historias? Curioso: los zombis atacan a los humanos para comerles los sesos. No digo más.

Resultado de imagen para zombiesPareciera ser que de la banalidad y la estupidez  —con honrosas excepciones claro—  de la caja de los idiotas tan solo pueden resultar autopoiesis  banales y estúpidas. Y esto es lo mismo que decir seres banales y estúpidos. Me disculpan ustedes, pero las cosas por su nombre. Sí, es ideológico. Es el viejo truco del poder con el pan y el circo. Y por eso el arte es revolucionario. Por oponerse al lavado de cerebro colectivo del cual les he hablado antes.

Mirar televisión no exige esfuerzo. Hacer arte lo exige ¡Y de qué manera! Recuerdo los pies heridos de los bailarines y bailarinas. La mano agotada por las horas del lápiz de Germán Arestizábal que me dice: “Me duelen los dedos, hermano”. Las interminables horas de preparación del músico ¡Qué les cuento a ustedes que lo han vivido y lo viven!

Pero, si logramos entre – tener, deslumbrar, a un niño, a un joven, a un grupo de niños, a un grupo de jóvenes, si logramos educarlo en el arte, habremos cambiado sus vidas para siempre.

Si logramos conectar a los niños y jóvenes con el arte tanto a través de la “admiración estética”, como con la “vivenciación estética” habremos mejorado sus vidas para siempre.

Sus vidas para siempre. Se dice rápido, pero caramba ¡de qué estamos hablando! ¡De lo más esencial para esas personas! Para todas y cada una de esas personas.

Leo que según estudios internacionales, el arte influye para:

* Inducir a ser y sentirse parte de una comunidad o escuela.

* Desarrollar a los estudiantes en áreas que de otra forma no desarrollaría

* Conectar a los estudiantes con ellos mismos y con los otros.
* Transformar el ambiente de aprendizaje.

* Otorgar una oportunidad para que los adultos (padres, profesores y otros) aprendan de los jóvenes

* Proveer nuevos desafíos a los jóvenes.
* Conectar las experiencias de aprendizaje a las del mundo laboral, ya que ayuda a aprender sobre el desenvolvimiento y funcionamiento de organizaciones propias del mercado laboral.

Ahora, tal como dice Saint-Exupéry en El Principito: “Los mayores aman las cifras. Cuando ustedes les hablan de un nuevo amigo, nunca les preguntarán por lo esencial. Nunca les dirán: “¿Cómo es el sonido de su voz? ¿Cuáles deportes prefiere? ¿Colecciona mariposas?”. Ellos les preguntarán: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos amigos tiene? ¿Cuánto pesa? Solamente entonces creen que le conocen. Si ustedes le dicen a los mayores: “Vi una hermosa casa, con tejas rojas, con geranios en las ventanas y palomas en el techo… “, ellos no se pueden imaginar esa casa. Se les debe decir: “He visto una casa de cien millones”. Entonces exclamarán: “¡Qué casa más hermosa!”.

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Vamos entonces, para satisfacer a los mayores, a un dato “duro”:

El economista de la Universidad de Chile, Pablo Egaña, realizó un estudio sobre los integrantes de la Orquesta infantil de Curanilahue. Se siguió el rastro de los jóvenes de la orquesta y se comparó con un grupo de control de 70 estudiantes del mismo liceo Polivalente Mariano Latorre que no participaron del proyecto. Siete jóvenes, que rindieron la PSU en 2003: lograron 50 puntos más en Lenguaje y 30 puntos más en Matemáticas que el grupo de control. Ello no sólo les permitió entrar a la universidad, sino mantenerse en ella. Y si alguien quisiera decir que los resultados son porque los mejores anticipadamente participaron en la orquesta, se podría perfectamente replicar que entonces la orquesta sirvió para detectar y reunir a los mejores.

Pero más allá de esto, que está todo muy bien, el arte, repito, mejora la vida de quienes participan en él. Y esta elevación de la vida tiene un carácter metafísico: tiene que ver con el por qué vivimos.

Como en el cuento del generoso y el mendigo, a quien el primero le da por la mañana dos monedas. Por la tarde vuelve a encontrarlo y le pregunta en qué ha gastado sus dos monedas. El sabio mendigo le responde que ha comprado un pan y una rosa: Un pan para poder vivir y una rosa para tener por qué vivir. Lo contaba un gran político que hizo mucho por la cultura de este país.

Quiero finalizar estas modestas reflexiones  con Marcel Duchamp y una idea de Milan Ivelic, Ex – Director del Museo Nacional de Bellas Artes:

“Creo que el legado que nos ha dejado Duchamp es preparar la mente para cosas impensadas ¡Qué mejor objetivo para la educación!”

Imagen relacionadaMuchas gracias.

 

Roberto Matamala Elorz

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