EL AMOR Y LA POLÍTICA

Hay una palabra tabú en la política. Esa palabra es Amor. Un parlamentario, un líder, un dirigente que apelara al Amor para su acción política sería cuando menos burlonamente visto. Pues yo no temo al Amor.

         “Yo sospecho que, merced a causas desconocidas, la morada íntima de los españoles fue tomada tiempo hace por el odio, que permanece allí artillado, moviendo guerra al mundo. Ahora bien: el odio es un afecto que conduce a la aniquilación de los valores. Cuando odiamos algo, pone un fiero resorte de acero que impide la fusión, siquiera transitoria, de la cosa con nuestro espíritu. Solo existe para nosotros aquel punto de ella donde nuestro resorte de odio se fija; todo lo demás, o nos es desconocido, o lo vamos olvidando, haciéndolo ajeno a nosotros. Cada instante va siendo el objeto menos, va consumiéndose, perdiendo valor. De esta suerte se ha convertido para el español el universo en una cosa rígida, seca, sórdida y desierta. Y cruzan nuestras almas por la vida, haciéndole una agria mueca, suspicaces y fugitivas como largos canes hambrientos. Entre las páginas simbólicas de toda una edad española, habrá siempre que incluir aquellas tremendas donde Mateo Alemán dibuja la alegoría del Descontento.

Por el contrario, el amor nos liga a las cosas, aun cuando sea pasajeramente. Pregúntese el lector, ¿qué carácter nuevo sobreviene a una cosa cuando se vierte sobre ella la calidad de amada? ¿Qué es lo que sentimos cuando amamos a una mujer, cuando amamos la ciencia, cuando amamos la patria? Y antes que otra nota hallaremos esta: aquello que decimos amar se nos presenta como algo imprescindible. Lo amado es, por lo pronto, lo que nos parece imprescindible. ¡Imprescindible! Es decir, que no podemos vivir sin ello, que no podemos admitir una vida donde nosotros existiéramos y lo amado no, que lo consideramos como una parte de nosotros mismos. Hay, por consiguiente, en el amor una ampliación de la individualidad que absorbe otras cosas dentro de esta, que las funde con nosotros. Tal ligamen y compenetración nos hace internarnos profundamente en las propiedades de lo amado. Lo vemos entero, se nos revela en todo su valor. Entonces advertimos que lo amado es, a su vez, parte de otra cosa, que necesita de ella, que está ligado a ella. Imprescindible para lo amado, se hace también imprescindible para nosotros. De este modo va ligando el amor cosa y cosa y todo a nosotros, en firme estructura esencial. Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo según Platón, «a fin de que todo en el universo viva en conexión». Yo desconfío del amor de un hombre a su amigo o a su bandera cuando no le veo esforzarse en comprender al enemigo o a la bandera hostil”.

¿No les suena familiar esa apelación a los españoles de la alborada del siglo pasado, escrita por el gran Ortega y Gasset en 1917 en la introducción a las Meditaciones del Quijote, que llamó “Al lector…”? Y me permití alargar la cita, pues a mí me hizo pleno sentido cuando las enlacé con otra idea, mucho más cercana a nosotros, puesta por Humberto Maturana y Francisco Varela en su libro El árbol del conocimientoas bases biológicas del entendimiento humano: para obtener un ser humano basta con el amor y un poco de leche materna. Parece oírse la voz dulce de Antígona traspasando 25 siglos: “Nací para amar. Yo no comparto el odio”.

Justamente ese es el problema político más crucial que enfrenta la humanidad y que, en este laboratorio experimental de las teorías políticas y socioeconómicas de la segunda mitad del siglo XX (socialdemocracia, socialismo, neoliberalismo extremo), en que ha devenido Chile, ha terminado por formar una nación de egoístas, carentes de Amor hacia el prójimo, el que debe ser, no el próximo, ese del egoísmo a dos a tres o a unos cuantos. No. Sino aquel “Pedro el fogonero a quien no conozco pero que es más hermano mío que mi hermano”, en palabras de Neruda. Y aún más. Amor al otro, al distinto, al de las antípodas de cualquier clase que estas antípodas sean.

El haber olvidado esto —especialmente nuestros gobernantes, pero aquí nadie puede arrojar la primera piedra, sino quizás algunos santos, escasísimos entre nosotros— ha traído funestas consecuencias.

La quizás más visible, entre aquellos que nos consideramos” gente de bien”, ha sido el llamado vandalismo. Aquellas hordas de jóvenes, algunos de ellos casi niños, que han destruido, movilizados de un ardiente propósito, literalmente a menudo, bienes de uso público. El más dramáticamente afectado es el ferrocarril metropolitano, que favorece particularmente a capas medias y bajas de la población. El oficinista, el profesor que va a su liceo o empresa; el obrero o la empleada doméstica que cruza la segregada ciudad para ir a trabajar a los barrios de la “otra gente” y donde ellos son “los otros”, forman parte ejemplar de esos perjudicados.

Debo aclarar que me he formado una idea bastante acabada que los faltos de Amor somos todos. El sistema mismo está armado para que no nos amemos. Y, justamente, haber erradicado el Amor de la discusión pública relegándole a una especie de insumo de las crónicas rosas no es casual. Ese  “amor” —que no el Amor—es la materia de la cual se alimenta La ventanita sentimental del Dr. Cariño, las múltiples páginas sentimentaloides dedicadas a hablar del erotismo (por público, impúdico) de aquellos ídolos de un día levantados por la llamada “farándula televisiva”. Y ese amor se imprime en nuestros espíritus (cerca, muy cerca también de las “24 horas de amor”, la trescientas sesentaicincoava parte de un año dedicada al amor) como sucedáneo del verdadero Amor, tal esos sucedáneos del café, hechos de quien sabe qué diablos, que terminan siendo aceptados y degustados como verdadero café.

Volvamos a “los vándalos” ¿Cómo es la vida de un “vándalo”? o, lo que es casi lo mismo ¿qué quiere un “vándalo” hacer con su vida? Ha aprendido y lo sabe muy de verdad, lo sabe como una verdad existencial, que él nada tiene y que, salvo seguir el camino de la delincuencia, nada tendrá. Y, que otros hay, que todo tienen. Que aquello del mérito es un cuento chino. Que aquel capital cultural que le permitiría quizás, tan solo quizás, cambiar su vida, está tan lejos de su alcance como un viaje a la luna. Que aquello del esfuerzo personal es palpablemente otro engaño, puesto que se deslomaron su padre y su madre y su abuelo y su abuela y las incontables generaciones de pobres que le antecedieron. Y, lo más terrible, que no es amado por nadie. Porque su padre ni su madre fueron nunca enseñados en el amar, que es un algo como peste contagiosa que se aprende en el día a día de todos los días. Y si alguna vez un atisbo tuvieron, las miserias de la vida terminaron por arrasárselo del pecho.

         No hay quien mire

         ni quien escuche

         ni quien responda.

         Y quiero que sepan Uds.

         que la’ pregunta’ to’as

         mastican polvo y sacan boas.

         Sólo me queda entonces un abismo

                                      un negro

                                      un silencio

                                      un filo mismo.[1]

Y si se quiere ejemplificar con algún joven perteneciente a aquellas familias que han salido de la pobreza extrema ¿qué ha recibido aquel de sus padres? Lo más probable, el abandono por las largas jornadas en que ellos se mataron trabajando con mínima recompensa otorgada por el inmisericorde y todopoderoso mercado para darle una instrucción escolar que les permitiera salir de esa calidad ¿Cómo podían esos extenuados darle amor en los escasos metros cuadrados de esa casa propia que terminaran de pagar no se sabe cuándo?

El sistema ha sacado a millones de la pobreza, claman sus panegiristas ¿Y de la miseria espiritual a cuántos ha sacado? Dicen que no hay amor posible en la misera. Pues sostengo, aunque parezca monstruoso, que había infinitamente más Amor al prójimo en las tomas poblacionales de los tiempos de dictadura, con sus ollas comunes, que en los barrios dominados por los narcos del exitoso modelo actual y sus plasmas de muchas pulgadas.


[1] Verónica Zondek. Nomeolvides: flores para nombrar la ignominia. 2014. Santiago de Chile: LOM.

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