Brevísima antología de la peste

BREVÍSIMA ANTOLOGÍA DE LA PESTE

         En tiempos de peste vienen a cada uno géneros no habituales de pensamiento. Los humores pestíferos invaden el ambiente, no con su nauseabunda presencia como antaño, sino emanando de los medios de información y su omnímoda presencia. Diarios digitales, televisión, radio, internet, nos invaden de noticias, opiniones —pocas veces sabias; a menudo, de las otras— y mágicas soluciones. Imagino que cada cual, en su interior, afronta la peste con las limitadas herramientas que ha juntado durante toda su vida y guarda en una cajuela olvidada en un rincón de su psiquis y que ahora se viene a uno. Sin buscarla quizás.

         Hombre de libros, mi caja de herramientas se abrió, evidentemente, por el lado de la literatura. Recordé libros preñados de peste. Releí algunos. Escarbé en otros y pensé hacer esta pequeña antología, para solaz de unos y desesperación de otros. Porque en la peste, si bien la mayoría clamó auxilio a los dioses, no faltó quienes asumieron un epicureísmo, que, aunque bruto, no dejó de cantar a la vida. Un par de dichos muy nuestros pueden resumir la filosofía de estos últimos: “A gozar, a gozar, que el mundo se va a acabar”. O, como dice El Salustio, maravilloso personaje del gran Alfonso Alcalde: “Porque igual nos vamoh a morir ¿cierto?”

         Casi no necesito aclarar que esta breve antología es incompleta ¿Quién puede haberlo leído todo? (Aparte de Borges y Mircea Eliade, claro). Pero confío que, al menos, la selección será representativa. Y abierta: así cada uno podrá agregar sus pestíferos aportes. La invitación está cursada. Dicho esto, vamos a ello.

         Vale.

EL VIEJO TESTAMENTO

Éxodo, 9, 8 a 12.

Yahvé dijo a Moisés y a Arón: “Coged un puñado de ceniza del horno y que la tire Moisés hacia el cielo a la vista del Faraón, para que se convierta en un polvo fino sobre toda la tierra de Egipto y produzca en toda la tierra de Egipto a hombres y animales pústulas eruptivas y tumores”. Cogieron las cenizas del horno y se presentaron al Faraón. Moisés la tiro hacia el cielo y se produjeron pústulas y tumores en los hombres y los ganados. Los Magos no pudieron continuar en presencia de Moisés, porque les salieron tumores como a todos los egipcios. Y Yahvé endureció el corazón del Faraón que no escuchó a Moisés y Arón, como Yahvé se lo había dicho a Moisés.

Éxodo, 12, 29 a 32.

En medio de la noche, mató Yahvé a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde el primogénito del Faraón, que se sienta sobre el trono, hasta el primogénito del preso en la cárcel y a todos los primogénitos de los animales. El Faraón se levantó de noche, él, todos sus servidores y todos los egipcios y resonó en Egipto un gran clamor, pues no había casa donde no hubiera un muerto. Aquella noche llamó el Faraón a Moisés y Aarón y les dijo: “ Id, salid de en medio de nosotros, vosotros y los hijos de Israel e id a sacrificar a Yahvé cómo habéis dicho. Llevad vuestras ovejas y vuestros bueyes cómo habéis pedido; idos y dejadme”.

ILÍADA

Canto I

 Así hablo en su plegaria, y Febo Apolo le escuchó

y descendió de las cumbres del Olimpo, airado en su corazón,

con el arco en los hombros y la aljaba, tapada de ambos lados.

Resonaron las flechas sobre los hombros del Dios irritado

al ponerse en movimiento e iba semejante a la noche.

Luego se sentó lejos de las naves y arrojó con tino una saeta;

y un terrible chasquido salió del argénteo arco.

Primero apuntaba contra las acémilas y los ágiles perros;

mas luego disparaba contra ellos su dardo con asta de pino

y acertaba; y sin pausa ardían densas las piras de cadáveres.

EDIPO REY

Prólogo.

Sacerdote:

Como tú lo estás viendo, padece la ciudad

horrísona tormenta, hundida su cabeza

en olas de rojiza y espesa sangre nuestra.

Corrómpense en los tallos los frutos de la tierra

y muérense los niños en brazos de sus madres.

Un dios armado en fuego embiste la ciudad.

La acosa con la peste, que asola sin descanso

las casas herederas de Cadmo y de su estirpe.

El mundo de acá arriba se llena de lamentos

y la mansión de Hades repleta está de sombras.

JUAN DE ÉFESO

La peste de Justiniano, llamada así por el Emperador que, curiosamente, sobrevivió a la peste: 542 a fin de siglo en Constantinopla.

Juan de Éfeso cuenta como la gente era afectada por una enfermedad que consistía en la aparición de bubones, ojos sanguinolentos, fiebre y pústulas. Las personas solían morir en dos o tres días, rápidamente después de un largo periodo de confusión mental. La peste dejó asoladas y sin habitantes diversas partes del Imperio, atacando por igual a ricos y pobres, y dejando villas, pueblos y ciudades sin habitantes. El principal problema en la capital eran los cuerpos sin enterrar de las personas que se morían en las calles, en las iglesias… Las respuestas de las autoridades imperiales ante estos hechos consistieron en llenar barcos de cadáveres y lanzarlos al mar. Después, el emperador Justiniano decidió disponer grandes fosas comunes para depositar los cadáveres al otro lado del mar en las afueras de la ciudad, en el norte, al otro lado del Cuerno de Oro.

LAS MIL Y UNA NOCHES

Hay en Las mil y una noches un maravilloso cuento titulado:

Historia de los artificios de Dalila-la-taimada y de su hija Zeinab-la-embustera con Ahmad-la-tiña, Hassan-la-peste y Alí-azogue.

DECAMERÓN

Primera jornada

Introducción

Digo pues, que en el año 1348 de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegó una mortífera pestilencia a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las italianas. Producida por influencia de los astros o enviada a los mortales por la justa ira de Dios para corrección de nuestras iniquidades, se había iniciado unos años antes en Oriente arrebató innumerable cantidad de vidas y, sin asentarse un solo lugar, se extendió continuamente hasta que por desgracia, llegó a Occidente.

Parecía que ante esta enfermedad nada valían y aprovechaban los consejos de los médicos y las virtudes de las medicinas; más aún, fuese porque la naturaleza del mal no lo sufriese, ya porque la ignorancia de quienes lo medicaban (cuyo número había aumentado enormemente pues a los sabios se habían añadido hombres y mujeres que nunca habían estudiado la medicina) nada sabía de sus causas y, por consiguiente, no podía ponerle remedio, el caso es que muy pocos sonaban y casi todos, al tercer día aparecen los síntomas, quien antes, quién después, morían sin que la mayoría tuviera fiebre u otro accidente. Esta pestilencia tuvo tanta más fuerza, porque se propagaba de las personas enfermas a las sanas con la misma prontitud con que se propaga el fuego a las cosas secas o engrasadas que a su vera se encuentran. Y aún hubo más, pues no solo hablar o el tener trato con los enfermos contagiaba a los sanos y les causa la muerte, sino también al tocar las ropas o cualquier otra cosa tocada o utilizada por los apestados parecía transportar tal enfermedad hasta que la tocaba.

(…)

Era tan grande la multitud de cuerpos que todos los días y casi a todas las horas llevaban a las iglesias que, no bastando para sepultarlos la tierra sagrada, y mayormente si se quería dar a cada uno su propio lugar, según la antigua costumbre, se hacían en los cementerios de las iglesias, pues todo estaba lleno, fosas grandísimas donde se metían a centenares los cadáveres: una vez amontonados estos, como se estiban las mercancías en las naves, se recubrían con un poco de tierra hasta que se llegaba a lo alto de la fosa.

(…)

(…) entre los meses de marzo y julio se da por seguro que perdieron la vida dentro de las murallas de Florencia más de cien mil criaturas humanas, unas por la fuerza de la pestífera enfermedad y otras por verse mal cuidadas y abandonadas a causa del miedo que tenían los sanos. (…) ¡Cuántos hombres ilustres, cuántas bellas mujeres, cuántos jóvenes gallardos, a quienes Galeno, Hipócrates o Esculapio hubieran juzgado sanísimos, almorzaron por la mañana con sus parientes, compañeros y amigos, y cenaron por la noche con sus antepasados, en el otro mundo!

MAESE PATHELIN

Acto III, escena III

El Pastor.—

Primero le contaré

la historia tal como fue. El que hizo la denuncia

es mi patrón, para quién yo pastoreo corderos.

Si la acoge el señor juez, me colgarán por el cuello…

Yo acariciaba corderos con un pesado garrote

y a causa de mis caricias morían los pobrecitos.

Cuando llegaba el patrón le echaba culpa… a la peste

y él me mandó enterrarlos para evitar el contagio.

Yo, claro, los enterraba… sacándoles antes toda

la carne que negociaba con un carnicero amigo.

Tanto fue el cántaro al agua que un buen día se quebró.

Mi patrón entró en sospechas y haciendo averiguaciones…

ARMA BACTERIOLÓGICA

Los mongoles llegaron al Mar Negro trayendo la peste, y una de sus tácticas para atacar a los italianos era catapultar sus cadáveres infectados, ‘bombardeando’ a sus enemigos.

MÁS GRÁFICO, DÓNDE…

A causa de una corrupción de su aliento, todos los que se hablaban mezclados unos con otros se infectaban uno a otro. El cuerpo parecía entonces sacudido casi entero y como dislocado por el dolor. De este dolor, de esta sacudida, de esta corrupción del aliento nacía en la pierna o en el brazo una pústula de la forma de una lenteja. Ésta impregnaba y penetraba tan completamente el cuerpo que se veía acometido por violentos esputos de sangre. Las expectoraciones duraban tres días continuos y se morían a pesar de cualquier cuidado.

SAN SEBASTIÁN

El santo había muerto atravesado por las flechas. Las gentes que morían por la peste parecían ser abatidas por las flechas de la ira de Dios, por eso se creía, y de hecho se fomentó, que rindiendo culto a este santo la peste dejaría de mortificar a los que caían bajo los flechazos inmisericordes.

María Luisa Bueno

En lenguaje periodístico:

UN DANTESCO ESCENARIO

Confusión de los muertos, de los moribundos, del mal y de los gritos, los aullidos, o el espanto, el dolor, las angustias, los miedos, la crueldad, los robos, los gestos de desesperación, las lágrimas, las llamadas, la pobreza, la miseria, el hambre, la sed, la soledad, las cárceles, las amenazas, los castigos, los lazaretos, los ungüentos, las operaciones, los bubones, los carbuncos, las sospechas, los desmayos.

Fra Benedetto Ciquanta

DOS DANZAS DE LA MUERTE

Yo soy quien mi nombre temen

Quantos memoran mi nombre,

Desde la más baxa tierra

Hasta las más altas torres,

Yo soy el que nadi esenta

De mis amargas pasiones,

A todos los hago iguales,

A los grandes y menores,

Desde el labrador más baxo

Al emperador más noble

Y donde el más alto Rey

A los más baxos pastores.

…………………………………………..

No quiero treguas con nadi,

Jamás escucho razones;

De ninguno soy amigo

A todos tanto de un orden;

Azarael me apellidan

Malac al marti es mi nombre;

Quien nunca tenmió, y le temen

Todas las generaciones.

Tales fuemos como sos

Tales sereis como nos.

Pues conmigo entrareis en la danza

Perdedores del mundo la esperanza.

En este guiador todos pensareis

Pues en el mundo poco estareys.

Fuerte la nuestra suerte

Que a todos nos lleva la muerte

LES PARECE CONOCIDO…

Detención de las actividades familiares, silencio de la ciudad, soledad en la enfermedad, anonimato en la muerte, abolición de los ritos colectivos de alegría y tristeza: todas estas rupturas brutales con las costumbres cotidianas iban acompañadas de una imposibilidad radical para concebir proyectos de futuro, ya que a partir de entonces la ‘iniciativa’ pertenecía completamente a la peste.

Jean Delumeau

BAJA A MORIR CONMIGO HERMANO

Los efectos de las enfermedades infecciosas para las que hablan adquirido cierto grado de inmunidad los españoles, sobre una población virgen inmunológicamente como la indígena americana fueron desastrosos.

En la isla de Santo Domingo, de una población estimada en 1493 en más

de 3.770.000, para 1518 apenas si quedaban 15.600 y de éstos, después de

la introducción de la viruela aquel año, apenas si se contaban 125 aborígenes de los cerca de cuatro millones que hubo en la isla. La población

aborigen de México en 1519, en el momento de iniciarse la conquista por

Hernán Cortés, se ha estimado en algo más de 25.000.000 de indígenas

y para 1605 habla descendido hasta l.075.00, aunque progresivamente

fue recuperándose hasta alcanzar su nivel original al finalizar el período

colonial. Los datos sobre Perú son fragmentarios, pero se ha estimado que

la población aborigen de Perú en 1532 era de unos 6,000.000 de indígenas y para 1628 sólo se contaban 1.090.000. Los censos del Virreinato del

Nuevo Reino de Granada son así mismo incompletos, aunque las cifras

de los quimbayas en el Valle del Cauca indican que de una población de

60.000 indígenas en 1539 sólo quedaban, para 1628, 69 individuos. Datos

muy similares aparecen en otras áreas, como en la isla de Puná frente a

la desembocadura del Guayas, donde la población indígena desapareció

en pocos años como consecuencia de las epidemias.

Francisco Guerra

EPIDEMIA DE BAILE

Los hechos se iniciaron a mediados de julio de 1518 cuando una mujer comenzó a bailar fervorosamente en una calle de Estrasburgo. Este hecho se mantuvo por cuatro a seis días. En una semana se habían unido 34 personas más y en un mes cerca de 400 bailarines. Algunas de estas personas finalmente murieron de ataques al corazón, derrames cerebrales o agotamiento.

Documentos históricos, incluyendo «apuntes de doctores, sermones, crónicas locales y regionales e incluso notas publicadas por el municipio de Estrasburgo» son enfáticas en que las víctimas bailaban.

A medida que la «epidemia» de baile empeoraba, nobles preocupados con lo acontecido buscaron el consejo de médicos locales, quienes descartaron causas astrológicas y sobrenaturales, y en su lugar anunciaron que la epidemia se debía a una enfermedad causada por un aumento en la temperatura de la sangre.

Sin embargo, en vez de prescribir sangrías, las autoridades persuadieron a que la gente continuara bailando, en parte abriendo dos mercados e incluso construyendo un escenario. Lo anterior debido a que creían que, si las personas bailaban día y noche, se mejorarían. Para incrementar la efectividad de la cura, incluso contrataron músicos para mantener a los enfermos bailando.​ Algunos de los bailarines fueron llevados a capillas, donde buscaron la cura de su enfermedad.

EL REY LEAR

Acto II, escena IV

Lear.— Eres un tumor, una úlcera pestífera, un hinchado carbunclo en mi sangre corrompida

LA TRAGEDIA DE ROMEO Y JULIETA

Acto V, escena II

Fray Juan.— Yendo en busca de un hermano de nuestra orden que se hallaba en esta ciudad visitando los enfermos para que me acompañara, y al dar con él los celadores de la ciudad, por sospechas de que ambos habíamos estado en una casa donde reinaba la peste, sellaron las puertas y no nos dejaron salir.

Fray Lorenzo.— ¿Quién llevó entonces mi carta a Romeo?

Fray Juan.—No la pude mandar ni pude hallar mensajero alguno para traerla, tal temor tenían todos a contagiarse.

Fray Lorenzo.— ¡Suerte fatal!

Nota: Tres pestes, la de 1592-1593, la de 1601-1602 y la de 1606-1607, coinciden con cuarentenas y el consiguiente cierre de los teatros londinenses. Durante la primera de ellas, Shakespeare escribe los poemas La violación de Lucrecia y Venus y Adonis; durante la segunda, nada menos que Hamlet; y en la última, Rey Lear, Macbeth y Antonio y Cleopatra ¡Cuánto de sentimiento de fin de mundo y maldad, hay en cada una de ellas!

EL HOSPITAL DE LOS PODRIDOS

Cito el título de este divertido Entremés, cuya paternidad algunos atribuyen a Cervantes, otros a Lope y otros tantos a un desconocido poeta cómico. En mi modesta opinión, el ritmo mismo del lenguaje no va con ninguno de los dos genios, aunque Lope solía escribir a menudo descuidadamente mientras saltaba de lecho en lecho.

La obrita merece citarse además porque habla de una peste que todos, quien más, quien menos, ha sentido alguna vez. Por denominarla genéricamente: la peste de los majaderos. Así algunos ingresan al hospital porque no pueden sufrir los malos poetas; quienes por tirria patológica a los avaros; quien por no poder aceptar, que una hermosa dama se case con un calvo; quien por no soportar los grandes apéndices nasales…

Y, de muestra un fragmento —que me he permitido “traducir ortográficamente” a nuestro actual castellano:

Rector.— Era tanta la pudrición que había en este lugar que corría gran peligro de engendrarse una peste, que muriera más gentes que el año de las landres[1] y así han acordado en la República, por vía del buen gobierno, de fundar un hospital para que se cure los heridos de esta enfermedad o pestilencia y a mí me han hecho rector.

Leiva.— Después que hay galeras para las mujeres y hospital para los que se pudren, anda más concertado el lugar que un reloj.

ESPECTROS

Una peste que asoló la humanidad y atacó a miles, entre ellos a muchos artistas, fue la sífilis. Ibsen la hace la materia central de su obra Espectros. El gran dramaturgo noruego, acosado por la censura, no menciona la palabra que denomina esta peste. Sólo se permite usar una expresión eufemística: “vermoulu”, carcomido, en francés. Véase el fragmento con la confesión de Osvaldo, el protagonista, a su madre:

Acto II

Oswaldo.— Era uno de los primeros médicos de allí. Hube de puntualizarle cuanto sentía, y entonces empezó a hacerme una porción de preguntas que, a mi juicio, no tenían nada que ver con mi estado. No comprendía dónde quería ir a parar con aquello.

Señora Alving.— Continúa.

Oswaldo.— Terminó por decirme. “Tiene usted algo vermoulu desde su nacimiento”. Es la palabra francesa que empleó.

Señora Alving.— (Ansiosa) ¿Qué querría decir con eso?

Oswaldo.— Yo tampoco lo entendí, y le rogué que me lo aclarará con mayor detalle. Al cabo, el viejo cínico me dijo… (Cerrando el puño.) ¡Oh!

Señora Alving.— ¿Qué te dijo?

Oswaldo.— Dijo: “Los hijos pagan los pecados de los padres.”

CRÓNICAS MARCIANAS

—¿De qué murieron? —preguntó Spencer acercándose.

—No lo creerá usted.

—Diga ¿qué los mató?

—La varicela —dijo Hathaway.

—¡Dios mío, no!

—Sí. Lo he comprobado. La varicela. Atacó a los marcianos como nunca ha atacado a los terrestres. Supongo que tenían otro metabolismo. Los quemó hasta ennegrecerlos, y los secó hasta transformarlos en copos quebradizos…

(…)

         Spencer se volvió y sentándose junto al fuego miró largo rato el movimiento de las llamas ¡Varicela! Señor ¡parecía increíble! Una raza se desarrolla durante un millón de años, se civiliza, levanta ciudades como esas de ahí, hace todo lo que puede por ennoblecerse y embellecerse y luego muere. Parte de esa raza muere lentamente, dentro del ciclo de su propia existencia, con dignidad ¡Pero el resto! ¿Ha muerto el resto de los marcianos de una enfermedad de nombre adecuado o de un nombre terrorífico o de un nombre majestuoso? ¡No, por todos los santos, no! ¡Tenía que ser varicela, una enfermedad infantil, una enfermedad que en la tierra no mata ni a los niños! No, eso no está bien, no es justo ¡Es como decir que los griegos murieron de paperas, o de los orgullosos romanos, de pie de atleta en sus hermosas colinas! ¡Si por lo menos les hubiéramos dado tiempo de preparar sus mortajas, de tenderse, de arreglarse, de encontrar alguna otra razón para morir…! ¡No esta sucia y estúpida varicela! ¡No concuerda con esta arquitectura, no concuerda con todo este mundo!

SORDA LA SIEN DEL QUE AQUÍ RESPIRÓ

Sergio Mansilla

Cuando niño alcancé aún a conocer algunas cruces solitarias en medio de los campos de Changüitad y Curaco de Vélez. Dicen que antes hubo una peste de viruela, y que la gente dormía en los corrales de las ovejas para no contagiarse. Y a los muertos de viruela sus familiares los enterraban solos en el campo, porque estaban prohibidos los funerales y nadie ayudaba ni acompañaba, y todos se apartaban de la familia del muerto.

Sorda la sien del que aquí respiró, cana la cabeza

atravesada por la luz de las lejanías.

Se averiguó que el pie fue ligero; se supo

que el aliento jugó a volar. Y se quebró

el costado cuando

la noticia cruzó los umbrales: “¡Llegó el barco

de los encadenados!”

Faltó Vía Láctea para tanta enfermedad:

no juntarse con nadie, no

hablar con nadie; ni una pupila

podrás prestar al vecino ciego que se lamenta.

La enfermedad entró

con el aire. “¡Sálvese quien pueda!”, gritaron

los caminos. Tú eres aún joven: ¡vete al establo

y duerme bajo la panza de los carneros! Yo,

viejo de la más vieja demencia,

me entregaré a la carnicería: ¡enterradme lejos

y que se olvide el mundo!

LA PESTE

         (…)

         Sin duda, nada es más natural hoy día que ver a las gentes trabajar de la mañana a la noche y en seguida elegir, entre el café, el juego y la charla, el modo de perder el tiempo que les queda por vivir.

         (…)

         Aquella misma tarde Bernard Rieux estaba en el pasillo del inmueble, buscando sus llaves antes de subir a su piso, cuando vio surgir del fondo oscuro del corredor una rata de gran tamaño con el pelo mojado, que andaba torpemente. El animal se detuvo, pareció buscar el equilibrio, echó a correr hacia el doctor, se detuvo otra vez, dio una vuelta sobre sí mismo lanzando un pequeño grito y cayó al fin, echando sangre por el hocico entreabierto. El doctor lo contempló un momento y subió a su casa.

         (…)

         Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las valijas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir a una ciudad dichosa.

BIBLIOGRAFÍA

Anónimo siglo XIV. 2019. En Matamala, R. Clásicos sinvergüenzas. Valdivia: Ediciones de la Universidad Austral de Chile.

Anónimo. El hospital de los podridos. Edición facsimilar. http://www.cervantesvirtual.com/obra/entremes-famoso-del-hospital-de-los-podridos–0/

Boccaccio, Giovanni. 2016. Decamerón. Madrid: Alianza editorial.

Bradbury, R., 1993. Crónicas marcianas. Barcelona: Minotauro.

Bueno D., María Luisa. Espacios de Vida y Muerte en la Edad Media, pág. 420

Camus, A. 2018. La peste. Santiagoi de Chile: Debolsillo

Delumeau, Jean; El Miedo en Occidente, pág. 178

De Piazza, Michele; Historia secula anno 1337 ad annum 1361; en Duby, Georges; Europa en la Edad Media, Página 160

Guerra, Francisco. Origen de las epidemias en la conquista de América. https://revistas.ucm.es/index.php/QUCE/article/download/QUCE8888110043A/1734

Haindl U., Ana Luisa. La peste negra. http://edadmedia.cl/wordpress/wp-content/uploads/2011/04/LaPesteNegra.pdf

Homero. 1982. Ilíada. Madrid: Editorial Gredos S.A.

Ibsen, Henrik. 1959. Teatro Completo. Madrid: Aguilar.

Mansilla T., Sergio. 2005. Cauquil. Santiago: Cuarto Propio.

Moisés. Santa Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento. De mi madre, que me la legó, con la remota esperanza que me fuera de provecho, siguiera sus principios y fuera un buen hombre. MCMLVIII. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos. Páginas 80 y 84.

Shakespeare, William. 1951. Obras Completas. Madrid: Aguilar S.A.

Sófocles. Edipo Rey. Versión propia en hexámetros yámbicos. De Trágicos Griegos. Esquilo, Sófocles y Eurípides. 1978.Traducción del griego, preámbulos y notas por De Andrés Castellanos et all. Madrid: Aguilar.

https://es.wikipedia.org/wiki/Epidemia_de_baile_de_1518

[1] RAE.1992. Landra o landre. (Del lat.vulg.glando -dinis,bellota.) Tumor del tamaño de una bellota que se forma en las partes glandulosas del cuerpo, como el cuello, los sobacos y las ingles. | 3. Ant. Peste levantina| malalandre te coma o te mate. Fr. Que expresa desprecio, apartamiento, malos deseos, etc. Para la persona a quien se dirige.

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