TODOS LOS DÍAS DEBEN SER DÍAS DEL LIBRO

Contadores de historias, hermosas, mágicas, profundas, hay muchos, en variados formatos, especialmente apreciados por nosotros, los miembros de la cultura occidental. Mitos, teatro, danza, cine, también cuadros y edificios pueden contarnos historias, pero la profunda sabiduría del hombre social y metafísico parece ser que la encontramos tan solo en la palabra escrita de los libros. Puede que haya en esos otros soportes belleza y también rigor y esplendor intelectual, pero solo en la pureza prístina de la palabra de los elegidos encontraremos la sabiduría. Aquellos que en el corazón de sus palabras saben atesorar la sabiduría, para que allí nosotros, los exploradores, los Marco Polo, los Colón, los Vasco da Gama de la poltrona, los pacientes impacientes, encontremos las gemas maravillosas del conocer sapiencial.

Aparte de quienes han tenido la suerte de encontrar un maestro, los mortales comunes y corrientes encontramos la sabiduría en los libros. En aquellos libros que no por nada han permanecido en el tiempo, entregándonos, en una forma de belleza estremecedora, el contenido también estremecedor de su mensaje, válido mientras y en tanto el hombre merezca el nombre de tal. “Por azar llegamos a la existencia / y luego seremos como si nunca hubiéramos sido. / Porque humo es el aliento de nuestra nariz. / Y el pensamiento, una chispa del latido de nuestro corazón”. No, no es Shakespeare. Esto lo escribió Salomón hace unos treinta siglos. Lo encontramos hoy en el libro de los libros. Y creo que lo que debemos preguntarnos en consecuencia, no es cuánto hemos comido, sino lo nutritivo de nuestra dieta. Que también en libros hay chatarra y yo recomiendo encarecidamente la dieta mediterránea. Y no solo hay sabiduría en la adusta seriedad del Yahvista, en la guerra y el viaje de Homero, en el peregrinar del Dante por los mundos del más allá; en ese magnífico personaje llamado Sócrates que Platón nos dejó para siempre; en las tragedias de Shakespeare, o en la profundidad de la mirada de la sabia del Elqui; la hay también en el Bufón de Lear o en nuestros queridos Quijote y Sancho, puesto que, como escribe Bernard Shaw en Santa Juana: “Lo que necesitamos ahora son unos cuantos locos, porque ¡Mira donde nos han conducido los cuerdos!”

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