EL OTRO

Queridas compañeras, queridos compañeros, amigas, amigos:

Una rebelde bronquitis, que ha agudizado mi crónica obstrucción pulmonar, más el efecto que, por este mismo motivo, tienen en mis pulmones los gases lacrimógenos, me han alejado de ustedes estos convulsos, aunque esperanzadores, días.

Soy entre nosotros, el que más años ha vivido. El único, creo, que vivió como adulto, el gobierno popular y el inicio trágico de la dictadura. No soy de aquellos que piensa que, per se, es este un plus, sino que sencillamente es probable que haya experimentado personalmente acontecimientos históricos que los demás conocen nada más que por relatos de diverso tipo. Quiero que traten de imaginar los vívidos y penosos recuerdos que la violencia (de y), el ver militares en la calle, el estado de excepción y el toque de queda reviven en mi espíritu.

Ante esta situación, creo que hay algunos principios que debemos a toda costa y con todo nuestro esfuerzo rescatar. Principios que de éticos se convierten en políticos.

El primero parece sencillo. No estoy seguro que los sea. De hecho, no lo es en absoluto para la sociedad que vivimos: la persona humana ante todo.

Sin olvidar que este ser humano, que cada uno de nosotros, vive “aquí”, vive ineluctablemente su circunstancia. Y, esto tiene, como consecuencia inmediata, un remezón a las bases del sistema neoliberal, sin duda inhumano, al poner el destino de la persona y la sociedad en las ciegas decisiones de un inmisericorde mercado.

No hay que ser un analista político para entender que, en nuestra actual situación, hay dos caminos posibles. El uno, se bifurca a la vez en una dictadura totalitaria pinochetista, cual la que conocimos o como la actual de Bolsonaro; el otro, que parece distinto, pero es lo mismo, una dictadura del tipo chavista. Y sabemos que hay quienes gustan de estas opciones.

El segundo camino, que es a su vez el segundo principio ético, es buscar la fórmula para que la voz de aquello tan difuso, pero que sabemos muy bien lo que es y que llamamos pueblo —apartando toda connotación populista— tenga la posibilidad de expresarse. Serán los espíritus razonantes, como dice Lyotard, los que buscarán —en un campo ético inmaculado, porque el crítico momento así lo exige— las posibilidades metodológicas de su concreción política, sean estos asambleas, cabildos o cualquier otra forma de expresión del ágora del siglo XXI.

Esto requiere un enorme coraje. Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit: Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro, escribió hace más de 2000 años mi admirado Plauto.

El otro.

 L´enfer c’est les autres, escribió Sartre. El infierno son los otros. Sí. Pero, este infierno corresponde a nuestra libertad y, en consecuencia, responsabilidad con los otros, que puede llegar a ser una penosa y, quizás por lo mismo, hermosa, santa, tarea. Y nos enseñó nuestro —repito, nuestro— Fernando Oyarzún, que allá en el encuentro con el otro está nuestra salud, nuestra felicidad, nuestro cielo. Existencialismo y fenomenología cara a cara; o, mejor dicho, hombro con hombro, diciendo no al egoísmo, sí al altruismo.

Abramos, hoy más que nunca, nuestras mentes y nuestros corazones a los otros. Tengamos comprensión, no en la medida sino, más allá de lo posible. Más allá de nuestras ideas y creencias. Tengamos más empatía, cuanto menos empático nos parezca nuestro adversario. Acerquémonos con las manos extendidas y desarmadas. Cuidemos no tan solo nuestras acciones, sino nuestro lenguaje. Al insulto, la razón. A la incoherencia, el poderosos pensamiento. A la intolerancia, la comprensión. Al odio, el amor. Porque, como dijo Marco Aurelio, el emperador sabio: “Si quieres ganar, no te parezcas a ellos.”

Chile fue convertido en una especie de laboratorio sociopolítico; la avanzada mundial de las luchas por el poder en la segunda mitad del siglo XX; aquí se probaron las nuevas fórmulas de la sociedad por venir: la revolución en libertad, la vía pacífica al socialismo, el totalitarismo, el neo liberalismo. Ahora tenemos una oportunidad única: construir una sociedad a la medida de lo humano. Cuya fuente, fin y medio sea la persona humana. Y a lo humano se subordine todo diagnóstico, toda fuerza, toda iniciativa, toda medida.

La tarea es enorme. Sí, lo es. Y, como un imperativo categórico, no podemos restarnos a ella. Este momento tiene, para Chile, sólo equivalencia con la caída de la dictadura. En cada una de nuestras manos y en ninguna en particular se encuentra el futuro. Cada uno será responsable de esa historia que será.

Escuchemos más que lo que hablemos y enarbolemos, en consecuencia, nuevamente una consigna, quizás ahora afirmando: digamos sí a la persona humana, digamos sí a toda y cada persona, más allá de su raza, de su sexo, de su género, de sus ideas, de su origen, de su edad, de su religión, de su posición o partido político.

Digamos sí a la humana sociedad y a cada uno y todos sus miembros.

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