EL NOMBRE DE EL QUE ES

“No tomarás el nombre de Yahveh tu Dios en vano; porque no dará por inocente Yahveh al que tomare su nombre en vano” se lee en el Éxodo y Deuteronomio. En San Agustín, el catolicismo y luteranismo es el llamado segundo mandamiento, el que sigue tras el que debe ser el más importante de todos: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas”. El nombre de Dios debe ser invocado con reverencia. Es el sentido que me parece tener la respuesta que da a Moisés: “Soy el que Soy”. El mismo Dios da la gran norma al no decir: “Soy Dios” sino “Soy el que Soy”´. Pide respeto máximo por su nombre.

En consecuencia, obligar que quienes no creen en Dios a invocar su nombre ha de ser una falta contra el segundo mandamiento. Si obligo a alguien a matar a otro ¿es el asesino más culpable que yo o más bien soy yo el culpable? Si obligo a un ateo a tomar su nombre, evidentemente en vano ¿quién es el pecador, el ateo o yo? ¿Es este el razonamiento de un ateo? No, es el de un creyente. Un ateo o un agnóstico lo único que piden es no ser obligados a invocar un algo que para ellos no tiene sentido o tiene sentido en el contexto apropiado, y estiman que hay algunos contextos que son republicanos y no religiosos.

Los nombres tienen un sentido profundo enraizado allá en el comienzo de nuestra consciencia. Ese ser humano que primero nombró un algo, que asoció un ser con un nombre y asociándolo se comunicó con otro ser humano, realizó una operación de una profundidad insondable. Cambió al mundo, cambio él, cambió a los otros. Los rituales todos viven en las palabras. Las palabras son mágicas, las palabras nos permiten amar, pero también odiar.

Y en el Chile del siglo XXI, a más de 90 años de la separación del Estado y la Iglesia, sigue habiendo una elite coludida con la parte más reaccionaria de la religión, que quiere obligar a abrir las sesiones del Congreso Nacional, la institución en la que se supone están representadas todas las ideas, imponiendo una fórmula que responde a tan solo una parte de la ciudadanía. Sabemos lo caro que cuesta la libertad. No permitamos que nadie obligue a otro a no creer en Dios. No dejemos que nadie  obligue a otro a creer en Dios.

Obligar tiene el tufo podrido de los fanatismos. Y ¡cuán duro hemos aprendido el horror de los fanatismos en la historia y en el presente!

 

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